Donde nacen los bichos raros. Hay quienes caminan por el mundo sin detenerse a mirar, y hay quienes se agachan, se acercan y descubren universos enteros en el vuelo de una mariposa o en el brillo de un escarabajo.
Esta exposición nació de esas miradas pequeñas y enormes a la vez: las de los niños y las niñas que se tomaron el tiempo de observar lo que casi siempre pasa desapercibido. Entre acuarelas, manchas y risas, fueron apareciendo criaturas diminutas y gigantes, reales e inventadas.

Cada una tiene el sello de quien la imaginó: su ritmo, su trazo, su manera de entender los colores. No hay dos iguales, como no hay dos miradas iguales. Caminar por este espacio es mirar el mundo a través de sus ojos: un mundo donde el detalle importa, donde la imperfección tiene vida propia, y donde todo lo que se observa con atención termina revelando algo de quien lo mira.


Los bichos que inventamos (y los que somos)
Algunos bichos no existen, pero deberían. Nacieron del juego, del error, del deseo de mezclar lo que no se puede mezclar.

Tienen alas de pez, patas de nube, corazones que laten en colores. En ellos vive lo más humano: la capacidad de imaginar algo nuevo cuando lo real no alcanza. Mientras pintaban, las infancias inventan mundos posibles.
Y en cada criatura extraña que surgía del papel había también un autorretrato: un reflejo de lo que somos cuando creamos, cuando soñamos, cuando nos atrevemos a inventar lo que todavía no existe.
Quizá eso somos, en el fondo: bichos raros intentando entenderse, cruzando caminos, mezclando colores, aprendiendo a mirar con ternura.
